
El pasillo del hospital como cada día, guardaba el pulso habitual de la incertidumbre, pero al cruzar la puerta de la habitación, el tiempo pareció detenerse por unos minutos.
Allí estaba ella, con la mirada fija en el sombrero loco y el colorido mandil de la doctora Luna Lunita Lunera.
Entre juegos, risas y una complicidad instantánea, la pequeña decidió que el encuentro merecía una obra de arte. Con los ojitos llenos de emoción, exclamó:
“Espera, yo te hago un dibujo”.
Apresurada, la doctora Luna Lunita Lunera se inclinó y colocó el brazo sobre la pequeña mesa de trabajo para convertirlo en el lienzo de aquella niña.
La artista observó cada detalle del vestuario antes de que fluyera la inspiración:
Primero plasmó un tierno perro payaso, inspirado en el peluche que asomaba del bolsillo del mandil; luego, un corazón de color rosa, tomado del adorno que lucía en el cuello.
En pleno proceso creativo, y con la máxima concentración, la niña frenó cualquier intento de interrupción exclamando con ternura:
“Silencio, mami, no me desconcentres!”

Cuando buscó un tono diferente y advirtió que le faltaba, la doctora le ofreció una nueva opción con una sonrisa. La pequeña la aceptó con alegría, dando paso al toque final:
Un chupete verde adornado con plumas rojas y rosas.
Así, en apenas un par de minutos, la magia del juego logró transformar por completo el ambiente.
Esa fugaz conexión demostró cómo la presencia de un payaso de hospital tiene el poder de borrar por unos minutos el dolor y la rutina, devolviéndole a un niño la ilusión, la risa y sobre todo (y lo más importante) el control de su propio mundo, el control de su cuerpo, el mágico poder del que se llena esa pequeña niña para decidir que en presencia de aquella doctora de nariz roja, ella puede ser quien quiere ser y hacer lo que más ama sin restricciones. Todo, gracias a un simple trazo de color.
Inspirado en el relato de Diana Montoya, doctora Luna Lunita Lunera.





Wow! Es increíble como una pequeña nariz roja, significa tanto para una niña!