Ascensor rebelde o payasos despistados

Dicen que las mejores historias nacen de lo inesperado, y que la vida siempre tiene formas creativas de ponernos a prueba. Lo que parecía un día normal de voluntariado en el hospital —lleno de risas, canciones y la ilusión de dar alegría— pronto se transformó en una experiencia que ninguno de nosotros olvidaría jamás. Este es el relato de un ascensor que se convirtió en escenario de miedo, nervios y, al mismo tiempo, unión…

Todo empezó un Sábado, como todos los fines de semana, nos tocó hacer visita en un Hospital. Habían más de 10 voluntarios, todos emocionados, cantando y jugando por los pasillos.

Nos dirigíamos al segundo piso y todos los voluntarios entramos al ascensor sin leer la capacidad máxima, cuando de repente, el ascensor se quedó detenido entre el primer y segundo piso, se bloqueó todo y nosotros los voluntarios, dentro del ascensor asustados, pero igual seguíamos cantando como si no existiera problema alguno (Quizás en negación).

Pasaron 5 minutos y empezó la desesperación de algunos de los voluntarios, queríamos llamar por celular y nadie tenía señal. Pasaron 5 minutos más y decidimos pedir ayuda por una rendija pequeña que había en el ascensor, la gente pasaba y empezamos a pedir ayuda, hasta que después de un tiempo por fin llegó la ayuda. Dentro del ascensor empezó la falta de aire y empezaron los voluntarios a despejar de prendas que daban más calor y perdíamos el oxígeno, 20 minutos más y aún no llegaba la ayuda. Nos tocaba turnarnos para respirar por esa pequeña rendija para mantenernos. Media hora después, llegó la ayuda sentimos que el ascensor sonó y todos alegres, pero al rato se apagó y todos gritamos ¡nooooooo! Hasta que se volvió a encender y empezó a subir.

Al llegar al segundo piso nos estaban esperando los paramédico para atendernos por cualquier emergencia pero gracias a Dios no pasó a mayores y quedó de experiencia que antes de subir a un ascensor siempre debemos asegurarnos de la capacidad permitida del mismo, para no quedarnos dentro.

Al final, sobrevivimos al encierro y aprendimos varias lecciones: Primero, que el ascensor no es karaoke… aunque lo intentamos. Segundo, que diez voluntarios con calor y sin señal son más ruidosos que una comparsa. Y tercero, que antes de subir a un ascensor hay que leer el letrerito de capacidad, porque no queremos convertirnos en el “equipo acrobático de respiración por rendija”.

Desde ese día, cada vez que entramos a un ascensor, todos hacemos silencio… no por respeto, sino para escuchar si suena raro.

Atte. Dr. Intenso.